¡Combatir los múltiples frentes de ofensiva fascista, impulsar los múltiples frentes de lucha por poner fin a todas las ignominias de este sistema!


De Alborada Comunista, voz del Grupo Comunista Revolucionario, Colombia 

Reposteado de Alborada Comunista del 14 de octubre de 2026. 

Van poco más de dos meses del gobierno de Abelardo de la Espriella (ADLE) y ya es común la sensación de que parece una eternidad. El régimen de ADLE va a toda marcha librando batallas en muchos frentes simultáneamente, con el fin de rehacer por completo no solo el gobierno sino la sociedad: desde la apología (y apoyo) a ultranza de los ricos y ultrarricos en detrimento de la gran mayoría, la promoción del fundamentalismo religioso que pretende hacer añicos el principio de un Estado laico; el ataque a la libertad de prensa; el restablecimiento del control patriarcal opresivo de la mujer; la promoción de una cultura opuesta a la diversidad, la verdad, y el pensamiento crítico; pasando por la intención de eliminar cualquier obstáculo para la explotación extensiva del medio ambiente; hasta arreciar la represión, la criminalización de la protesta y la persecución a quien disienta (incluso dentro de las clases dominantes) como concentra el proyecto de Estatuto “antiterrorista”, que recuerda las acusaciones sin fundamento, la cacería de brujas y el temor del fascistoide Estatuto de seguridad de Turbay, y la “seguridad democrática” del Uribato, pero que pretende llevarlo a niveles aún peores.

El fortalecimiento del programa fascista que representa De la Espriella hace parte de la tendencia a la derechización en el mundo y concretamente está conectada a la influencia del ascenso del fascismo en Estados Unidos que tiene su foco geopolítico principal en América Latina, y busca consolidar un bloque fascista leal en lo que considera su “área de influencia” (o “patio trasero”). 

[De Algunos puntos sobre las elecciones presidenciales y la actual polarización] comrev.co

Estos ataques azotan rápida e intensamente, horrorizan, tienen el propósito de agotar la oposición y aumentar la tolerancia del pueblo y se dan en un contexto donde por varias partes del mundo están en ascenso fuerzas ultraderechistas y fascistas. En América Latina, está en auge la llamada “ola naranja”, con sectores de las clases dominantes de la vieja y la nueva escuela fascistoide (desde las fuerzas pro-nazis del viejo partido conservador de “los leopardos” de hace un siglo, pasando por los Gilberto Alzate, Laureano Gómez, Fernando Londoño, hasta los nietos y biznietos de Laureano y sus congéneres en el gobierno de ADLE), dispuestas a hincarse ante el fascista de Trump y a subyugar a estos países de manera aún más omnímoda al imperialismo estadounidense, con todo el paquete de anticomunismo y fundamentalismo religioso. Un elemento central del programa de esta “ola naranja” es “combatir la inseguridad”, “combatir la delincuencia”, pero la cosa no es por ahí, su objetivo no es “combatir la delincuencia”, sino imponer un régimen fascista de estado policial y llevar a cabo el terror contra el pueblo que está al centro del fascismo.

Estos fascistas no son individuos “locos” o solo “sedientos” de poder y venganza, surgen de las propias entrañas de este sistema capitalista-imperialista. Están empeñados en preservar ese sistema “por cualquier medio necesario”, en un momento en que dicho sistema se enfrenta a (la que tiene el potencial de ser) la mayor crisis de su historia (dos de las grandes crisis del sistema en el siglo XX llevaron a guerras mundiales). La crisis climática, la intensificación de la confrontación entre las superpotencias imperialistas Estados Unidos y China, el desmoronamiento del “derecho internacional” y del “orden” global encabezado por Estados Unidos desde el fin de la II Guerra mundial, que dejó en evidencia la profundización e intensificación de conflictos que datan ya sea de la posguerra o del derrumbe del bloque socialimperialista soviético, como el genocidio contra el pueblo palestino, la guerra en Ucrania, las crisis en todo el Medio Oriente y el África subsahariana, etc., junto con la falsedad de que ese orden global significaba justicia, igualdad para todos y un futuro mejor, están mostrando de diversas maneras la existencia de una crisis generalizada del sistema.

De múltiples maneras este sistema continúa mostrando que no puede representar un futuro deseable para la humanidad. Pero esta crisis del sistema capitalista no significa de ninguna manera que el sistema vaya a caer por sí solo. Requiere que sea derrocado por el esfuerzo organizado de millones y millones de personas. Requiere una revolución. Una de verdad, verdad. Aquí, y también en muchos países.

Una revolución no es solo un levantamiento o “estallido” popular. Es la acción de las masas populares organizadas y dirigidas para librar una lucha cada vez más consciente para abolir todos los sistemas y las relaciones de explotación y opresión, y llevar a la humanidad a trascenderlas.

La crisis extrema del sistema que ha dado lugar al ascenso de fascistas por todos lados, desde Trump, Milei, De la Espriella y los Bolsonaro, también puede crear oportunidades para un cambio radical de tipo contrario (¡un cambio positivo!): una revolución real, encaminada a emancipar a toda la humanidad. Es claro (o debería serlo): “Sólo es posible resolver la crisis y las profundas divisiones en la sociedad con medios radicales, de un tipo u otro — ya sea medios radicalmente reaccionarios, mortíferamente opresivos y destructivos o medios revolucionarios radicalmente emancipadores” (revcom.us).

De consolidarse y fortalecerse los regímenes fascistas y reaccionarios que están en boga, se hace más difícil (¡aunque nunca es fácil!) la lucha revolucionaria e incluso se pone en riesgo la posibilidad de un futuro radicalmente diferente. Por tanto, sí, la resistencia contra estos regímenes fascistas, el de ADLE incluido (con una base social significativa en los integristas católicos y en la miríada de iglesias pentecostales), es sumamente importante. No debemos permitir que este régimen salga impune de sus crímenes, y debemos enfrentar cada ultraje con una resistencia cada vez más fuerte (desde el marco de la transformación revolucionaria de la sociedad). La resistencia debe ampliarse y profundizarse más y ser más decidida, atrayendo a más gente de cada rincón de la sociedad a ponerse de pie y decir ¡NO! Pero, en última instancia, si esta resistencia se queda restringida dentro del marco de este sistema, y se confina a la vía electoral o a cobijarse bajo el ala de uno u otro sector de las clases dominantes no vamos a salir del fascismo ni de todos los horrores que este sistema inflige.

Algunos han usado incluso como advertencia a las clases dominantes (y como aspiración propia) el que podría haber un nuevo “estallido social”. Esto es una posibilidad, pero no es inevitable. Y por muy alentador y valiente que sea, no bastará solamente con un nuevo “estallido” para hacer el tipo de cambio que se requiere. Como lo muestra el caso de los levantamientos en Irán, o las “primaveras” de inicios de la década pasada. Incluso puede haber un nuevo “estallido” pero si, en última instancia, lo está haciendo en el mismo marco, las cosas seguirán sin cambiar en lo fundamental, e incluso, podría empeorar el pesimismo de sectores importantes de la sociedad de los que se requiere que se llenen de una esperanza con bases objetivas.

“Lo que enfrentamos” y “los obstáculos que se nos interponen en el camino” también, en un sentido muy crítico, incluyen el modo de pensar de las personas. Todos los modos completamente incorrectos y dañinos de entender y abordar la realidad. No solamente entre los enemigos de la revolución, sino entre sus amigos — de hecho, entre los que más necesitan esta revolución y constituirán la columna vertebral de sus fuerzas.

Como señala acertadamente una carta publicada en el periódico Revolución (revcom.us): Tenemos cero oportunidades de activar a millones de personas para hacer una revolución sin transformar de manera masiva y radical el modo de pensar de las personas.Y tenemos cero oportunidades de cambiar de manera masiva y radical el modo de pensar de las personas sin una lucha ideológica férrea y contundente para arrancar a las personas a todas las necedades —y ¡existen muchas!— en que están envueltas, y ganárselas a la revolución.

No se puede luchar pensando en el mismo marco de los explotadores y opresores, que es el mismo de los reformistas (y ¡no!, cuestionar el reformismo como método para cambiar realmente la sociedad, no significa que haya que oponerse a las reformas que mejoran las condiciones de la gente): que “hay que esperar el cambio del péndulo hacia la izquierda” (un poco menos a la derecha) en las elecciones de mitad de período, aquí o “allá”, que los “contrapesos democráticos”, que “la separación de poderes”, que patatín y que patatán. Se necesita que muchísima gente logre agarrar un marco de pensamiento que permita comprender, en función de transformar, las concentraciones de contradicciones que constituyen verdaderas fracturas (fallas sísmicas) sociales y que muchísima gente logre unirse a los revolucionarios en ponerle fin a los oprobios que generan esas fracturas sociales:

La lucha por poner fin a la degradación, deshumanización y subyugación patriarcal de las mujeres, y toda la opresión basada en la orientación sexual o de género; la lucha por detener la degradación y la destrucción del medio ambiente; la lucha por poner fin al empobrecimiento, el desempleo y el hambre creciente que estos causan y a la dolorosa degradación moral e intelectual a la que este sistema condena a muchas personas especialmente los jóvenes del pueblo; la lucha por poner fin a la guerra contra el pueblo, las masacres, el desplazamiento forzado y la criminalización de los jóvenes, incluyendo la sangrienta represión a quienes se han levantado anhelando cambios; la lucha por poner fin a la discriminación y la opresión de los pueblos indígenas y negros y el racismo y la xenofobia que se utilizan para justificar otros problemas como el desempleo y la pobreza; la lucha por poner fin al sofocamiento y la persecución al disentimiento y el pensamiento crítico y científico, y la promoción de todo tipo de superstición; y la lucha por poner fin a las guerras por imperio y de la profundización de la dominación imperialista y la dependencia alimentaria de los países bajo el yugo del imperialismo, como Colombia.

Poner un ALTO a esas ignominias, estructurando estas luchas en un verdadero movimiento para la revolución, es una parte importante de un enfoque estratégico por una revolución real. Eso requiere que confluyan (cohesionados desde la perspectiva de una verdadera revolución) los actos separados de resistencia en un movimiento de masas y una crisis política para expulsar al régimen en conjunto, como una parte importante de la lucha por derrocar todo el sistema de capitalismo imperialista, todo como parte de un proceso similar en todo el mundo.

¡Necesitamos una amplia, profunda y decidida lucha antifascista y antiimperialista! ¡No normalice! ¡No se acomode! ¡No colabore!

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